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Gabriela Galindo

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Manuel Álvarez Bravo: El atrevimiento de ver

No podemos decir que la muerte de Manuel Álvarez Bravo haya sido una sorpresa, el fotógrafo había llegado ya a la edad de 100 años; sin embargo, si nos consternó a todos.
Álvarez Bravo sin duda es de los mejores fotógrafos mexicanos del siglo XX, y es prácticamente imposible pensar en la fotografía de este país sin que su nombre figure en los primeros de la lista. Junto con Rivera, Orozco y otros artistas forma parte del grupo de creadores que influenciaron de manera profunda y definitiva el arte en México en las décadas de los años 20 y los 30..

Manuel Álvarez Bravo

Obrero en huelga asesinado, 1934
Plata sobre gelatina

Manuel Álvarez Bravo

Ángeles en camión, 1930
Plata sobre gelatina

Álvarez Bravo se inicia en la fotografía siendo apenas un adolescente, cuando tiene la oportunidad de ver trabajar a un fotógrafo amigo de la familia. Cuando alcanza los 21 años, ya interesado en el tema de la fotografía, conoce a Hugo Brehme, un fotógrafo alemán, que lo inicia en las técnicas más modernas de la fotografía europea y quien lo presenta con Guillermo Kahlo, quien lo introdujo al mundo de los artistas e intelectuales de la época. Su trabajo como fotógrafo pasó por etapas muy diversas y evolucionó con los años; sin embargo hay dos factores que son determinantes en toda su obra: la apertura y amplia visión hacia las influencias de artistas y movimientos culturales que venían de fuera de México y su capacidad para nunca perder de vista la realidad mexicana.

Manuel Álvarez Bravo

Paisaje y galope, 1932
Plata sobre gelatina

Manuel Álvarez Bravo

Dos pares de piernas, 1928-29
Plata sobre gelatina

Manuel Álvarez Bravo

Caja de visiones, 1930-1940
Plata sobre gelatina

Manuel Álvarez Bravo

Muchacha viendo pájaros. 1931.
Plata sobre gelatina

Manuel Álvarez Bravo

Retrato de lo eterno, 1935
Plata sobre gelatina

A partir de 1920, artistas como Edward Weston, Tina Modotti y Henri Cartier-Bresson, llegaron a México en busca de un espacio con libertad política que les permitiera desarrollarse. El ambiente que se daba en este país, parecía favorecer este desarrollo a través del apoyo de programas gubernamentales como los que dirigió José Vasconcelos, entonces secretario de Educación, quien promovió la creación de varios de los murales de Rivera, Orozco y Siqueiros. Vasconcelos se planteó el objetivo de establecer una identidad cultural mexicana unificada, al tiempo que la Ciudad de México nacía como uno de los centros de intercambio cultural e intelectual importantes en el mundo.

En 1930 Tina Modotti es deportada por razones políticas y abandona la ciudad de México. Álvarez Bravo tomó su lugar como el fotógrafo de los muralistas y simultáneamente comienza a trabajar en la revista Mexican Folkways.

La oportunidad de trabajar cerca de los grandes artistas y de vivir la experiencia del nacimiento del “arte mexicano”, le permite consolidarse como fotógrafo y artista capaz de representar la idiosincrasia del mexicano a través de imágenes abstractas, realistas, crudas e incluso irónicas.

Fotografías de la naturaleza, de la vida cotidiana, detalles arquitectónicos u objetos aislados, son parte fundamental de su trabajo a través de los años. En la década de los 30 muestra un especial interés por retratar escenas de la vida urbana de la ciudad de México. Personajes citadinos, el revoloteo de la falda de una muchacha, un letrero de una tlapalería, una pared pintarrajeada, un tendedero o una azotea, son retratados con genialidad y maestría. Cualquiera que haya recorrido las calles de esta ciudad, aún cuando ya ha pasado más de medio siglo, encontrará en alguna esquina, en alguna calle, una escena como las fotografiadas por el mismo Álvarez Bravo.

La visión clara y oportuna del fotógrafo muestra lo bizarro que puede llegar a ser nuestra vida cotidiana; detiene en el tiempo en un instante, lo aísla y exagera, convierte lo ordinario en algo único y fantástico. Álvarez Bravo comparte con Cartier-Bresson el entusiasmo por la imaginería misteriosa. Además de existir un lazo de amistad profundo entre ellos, juntos colaboran en la búsqueda de una simbología urbana y un lenguaje propio.

Manuel Álvarez Bravo

Peluquero. 1924.
Plata sobre gelatina.

Manuel Álvarez Bravo

Entierro en Metepec. 1932.
Plata sobre gelatina

La visión clara y oportuna del fotógrafo muestra lo bizarro que puede llegar a ser nuestra vida cotidiana; detiene en el tiempo en un instante, lo aísla y exagera, convierte lo ordinario en algo único y fantástico. Álvarez Bravo comparte con Cartier-Bresson el entusiasmo por la imaginería misteriosa. Además de existir un lazo de amistad profundo entre ellos, juntos colaboran en la búsqueda de una simbología urbana y un lenguaje propio.

Álvarez Bravo no se queda en el simple retrato de la realidad, su capacidad creativa lo lleva a explorar terrenos imaginarios, creando escenas únicas memorables. Tal es el caso de la conocida “La buena fama durmiendo” en la que muestra a una mujer desnuda, recostada, de forma casi absurda a media calle, sobre una manta, vendada y rodeada de espinas. Esta fotografía fue producida por encargo de André Bretón, para formar parte de la gran exposición de surrealista de 1941.

Realista o surrealista, Álvarez Bravo nunca dejó de manifestar una profunda y honesta pasión por México. Hay quienes dicen que la experiencia de haber vivido la revolución cuando era muy joven, dejó una marca profunda que se mostrará, más tarde en su trabajo. Las escenas de muerte y violencia mostradas con crudeza son parte fundamental de su obra. Xavier Villaurrutia comentó sobre el trabajo de Álvarez Bravo que “…entre nosotros, sólo ciertos poetas y pintores mexicanos contemporáneos alcanzan a transmitir en su obra la obsesión y la angustia de la muerte, como lo hace Manuel Álvarez Bravo. Una muerte cotidiana, presente, que no es ciertamente menos poética ni misteriosa, por el hecho de ser visible”. Es imposible no recordar la fotografía del obrero muerto en el suelo, ensangrentado y con los ojos a medio cerrar, en la que de manera brutal y sin efectos nos confronta con la muerte. Él mismo reconoce que “el concepto de muerte está explícito o implícito en mis fotografías”.

Manuel Álvarez Bravo

Qué chiquito es el mundo. 1942.
Plata sobre gelatina

A pesar de la consolidación y la evidente capacidad artística de Álvarez Bravo, no fue un artista popularmente reconocido en su tiempo. En los últimos años de su vida se manifestó más claramente su natural tendencia por fotografiar cierto tipo de escenas urbanas y rurales de un México que se mostraba para él cada vez más melancólico, silencioso y deshabitado. Escenas desérticas, gente que apenas se ve, o que aparecen sólo los pies o las manos. Sin embargo, su pasión se mantuvo hacia las escenas de la vida cotidiana, que consideraba indudablemente, más ricas en contenido que cualquier retrato, desnudo u objeto.

Manuel Álvarez Bravo

La buena fama durmiendo, 1939
Plata sobre gelatina

En cierto modo, Álvarez Bravo ha influido a todos los fotógrafos mexicanos, su trabajo permanece en la memoria de imágenes y constituye una forma particular de ver al mundo. Al mismo tiempo, nos hace conscientes, de manera sutil, de la vida, Álvarez Bravo nos enseña en cada una de sus imágenes que hay que atreverse a mirar para capturar lo grandioso en lo pequeño y lo fugaz.

Manuel Álvarez Bravo

Parábola óptica, 1931
Plata sobre gelatina

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Fecha de publicación:10.01.2003
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