Aquel que nunca se haya comido un taco de carnitas... que lance la primera firma.
O de por qué nos da miedo Hermann Nitsch
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Hermann Nitch

Por Gabriela Galindo

La reciente cancelación de la exposición de Hermann Nitsch que estaba programada para ser inaugurada el día de hoy en el Museo Jumex, es una muestra más de cómo este país se nos está cayendo a pedazos; un país corrompido hasta la médula por un mal gobierno, violentado por el narco y sostenido por una población que, por lo visto, se enorgullece de su ignorancia.

Lo más escandaloso de la cancelación de este evento, es que el público que apoyó con su firma esta deshonrosa prohibición no era, como habría de suponerse, personas de escasa educación, ni grupos conservadores, pro-vida o religiosos; sino gente involucrada en el mundo del arte, estudiantes de nivel superior e incluso miembros de la más sesuda academia; quienes tristemente lo único que demostraron es su estrecho criterio y su escasa reflexión.

Si ya es vergonzosa la falta de seriedad de la Fundación Jumex que ni siquiera dio una razón clara al momento de la cancelación del evento (cosa que provocó múltiples especulaciones), más vergonzoso es encontrar que los argumentos que los firmantes de la petición dieron para prohibir la exhibición fueran tan absurdos y ñoños como:  “eso no es arte”, o “es por la defensa de la vida de los animales”. Este tipo de argumentos sólo muestran la poca capacidad de análisis en torno a lo que es o no es “arte”, y la más brutal ignorancia del trabajo de este artista.

Seamos claros, si vamos a desacreditar el trabajo de un artista bajo la sentencia de que lo que hace no es arte, es necesario, antes que otra cosa, tener una clara definición de qué cosa sí lo es. Sin extenderme en este punto (del cual se han escrito ríos de palabras), es indispensable reconocer que a partir del siglo XX el arte trascendió los criterios de belleza, armonía, proporción, etc. y que fue el momento en que el arte se liberó de legitimaciones oficialistas y conservadoras que estrechaban su campo de acción. Si esto no queda claro, habría que regresar a estudiar el origen de las vanguardias de los años 60, el arte Pop, Povera, Minimal y Conceptual (cosa que por respeto a quien si ha leído un poco de esto, no mencionaré aquí) y reconocer, como bien lo dijo el recién fallecido Arthur Danto, que “hoy, cualquier cosa puede ser una obra de arte”, y nótese que esto lo dijo por allá de los años 80 del siglo pasado.

Así pues, o nos confesamos (a la manera de la señora Lésper) que somos incapaces de aceptar el nuevo concepto de lo artístico y sostenemos que sólo las pinturitas bonitas y bien coloreadas son obras de arte. O abrimos nuestras estrechas mentes para reconocer que el arte es un espacio de creación abierto, libre, que debe incitar a la reflexión, el pensamiento y la crítica, que debe provocar y transgredir y que debe romper los esquemas y barreras de lo convencional. Si partimos de esto último, es imposible sostener que la obra de Nitsch no cabe ahí.

O será acaso, que no saben que Nitsch fue uno de los fundadores del movimiento conocido como Accionismo Vienés, que surgió a principios de los sesenta y fue una influencia importante para grupos como Fluxus, el desarrollo del performance, e incluso del arte conceptual como lo entendemos actualmente. Y su trabajo forma parte de las colecciones de los más importantes museos del mundo, tales como la Tate Modern, el MoMA y el museo Pompidou.  Sí, es verdad que es un artista con una obra que tiene una larga historia de controversias y polémica, pero ¿no acaso es justamente de lo que se trata el arte? ¿De hacernos discutir, disentir, discrepar, reflexionar... vaya, pensar?

Recordemos para el caso, el escandalito que se armó en el 2009, cuando un grupo de curadores eligió a Teresa Margolles para representar a México en la  53ª Bienal de Venecia, con una instalación titulada ¿Y de qué otra cosa podemos hablar?. Esa exposición como bien sabemos, no solamente provocó gran polémica, sino que le costó el puesto a algunos de los funcionarios de cultura que la apoyaron. Uno de los argumentos que recuerdo se manejaron entonces, fue que no se había respetado una “orden presidencial” que sostenía que las instituciones gubernamentales no debían promover, en ninguno de sus actos en el exterior, la imagen de la violencia que vivimos, sino tratar de exponer una imagen “positiva”  de nuestro país (sic). Aunque rígido y precario era posiblemente un argumento un poco más sólido que el que nos atañe ahora. Al menos en aquella ocasión, abiertamente se expresó como un criterio de orden gubernamental donde había una restricción expresa y se tenía que ocultar a toda costa la realidad de la cruda violencia que vivimos en este país. Era, sin duda, un criterio que denotaba una clara censura, pero fue preciso y abierto.

En cambio, en el caso de la exposición del artista austriaco, todo ha sido entre líneas, en secreto y sin claridad alguna. La institución no ha dado razón convincente de por qué se canceló la exposición y el público avaló este acto de censura con razones basadas en la más pura ignorancia.

Un aspecto que me parece crucial es que hasta hoy, uno de los pocos lugares que se habían mostrado abiertos a la difusión y promoción de este tipo de artistas aguerridos y transgresores, había sido justamente el espacio de Fundación Jumex. ¿Qué es entonces lo que movió a los directivos a echarse para atrás? Lo que sabemos hasta ahora es que el director del museo, Patrik Charpenel, ya presentó su renuncia y expone un nuevo argumento institucional como motivo de la cancelación; que más bien parece sacado de la manga para librarse de los cientos de críticas que han recibido. Resulta ahora que la razón de la cancelación estriba en que el uso de sangre derramada e imágenes de crucifixiones eran demasiado fuertes para el momento que se vive en México tras la desaparición de los 43 normalistas.

Más vergüenza debería darles utilizar esta tragedia para justificar su falta de agallas. Pero aún cuando esto fuese cierto, porqué entonces no les importó derramar sangre cuando Margolles presentó su pieza Herida en las instalaciones de Ecatepec en el 2007 y habría que preguntar porqué en el 2011 accedieron a ser co-editores del libro que recopila la obra del grupo Semefo[1], quienes se caracterizaron por el uso de sangre y restos animales y humanos en sus instalaciones. ¿Acaso México no vivía situaciones de fuerte violencia en el 2009 o el 2011? 

Parece pues, que mientras los artistas avanzan en sus propuestas ­–sí algunas radicales o inquietantes, y sí, algunas buenas y otras no tan bien resueltas–  el gobierno, el público y las instituciones, retroceden en sus criterios y se aferran a torpes prejuicios y a la falta de conocimiento para avalar la censura y la represión.

Dejemos entonces a un lado la inútil discusión de si la obra de Nitsch es arte o no, y pasemos a cuestiones que tienen que ver más con temas de índole moral, ya que al parecer hacia allá apunta el verdadero problema.

Empecemos por el asunto de los derechos de los animales. La petición que se puso en la red decía: “No se lleve acabo la exposición de la persona Hermann Nitsch por mutilar, degollar, asesinar y al final exhibir los cadáveres de animales sintientes.”

Hermann Nitch

Defender los derechos de los animales es sin lugar a dudas loable. No debemos aceptar acciones en las que se dañe la integridad de seres humanos o animales; pero el problema es que miles de personas firmaron esta petición sin reconocer la doble moral que conlleva su protesta, aún siendo bien intencionada. Es cierto que Nitsch sacrificó animales en algunas de sus acciones, utilizaba animales de rastro que de cualquier manera iban a ser sacrificados. Sin pretender que esto justifique el matar a un animal, lo que hay que pensar es porqué se levanta esa enorme protesta ante una acción con intenciones artísticas y no se ejerce ninguna presión para que los rastros utilicen medios menos violentos para matar a los animales que nos vamos a comer. Nos da horror ver el cadáver de un animal en un acción artística, pero no nos importa ver el mismo cadáver si ya está hecho carnitas y está servido con su buen cilantro y perejil en nuestra mesa. Nos da horror ver a Nitsch golpeando el cuerpo yerto de una res como una acción de transgresión y confrontación, pero nos parece muy normal pedirle al carnicero que por favor aplane los filetes para hacer unas milanesas.

Como dato anexo y para que todos los que firmaron la protesta estén mejor informados, Nitsch no planeaba matar ningún animal en su presentación en México, es más, Nitsch no ha vuelto a matar a ningún animal en sus acciones, desde hace 20 años.

Es verdad que utiliza la sangre en acciones de brutal impacto para nuestros sentidos. Nitsch crea todo un escenario de carácter ritual para hacernos ver lo que los humanos hemos hecho durante toda nuestra historia en aras de la religión o la política. Este artista nos confronta con lo más oscuro de los impulsos del ser humano y nos pone en evidencia que lo brutal está en nosotros mismos, en nuestra sociedad corrompida, en nuestras formas de justificar la violencia que ejercemos a diario, no sólo hacia los animales, sino también, hacia nosotros mismos. La imagen de la crucifixión no hace más que remontarnos al hecho real de los hombres que han sido crucificados en manos de otros hombres. El cuerpo de la res que se desangra sobre la cara de una mujer amordazada, nos revela el hecho de como el hombre ha victimizado a sus semejantes a lo largo de la historia. Pero ¿qué nos molesta de esto?, ¿qué es lo que verdaderamente nos perturba de estas acciones: el animal muerto en un escenario o el miedo de reconocer la verdad que nos revelan estas imágenes?

Estas preguntas me llevan a suponer que el motivo real de la cancelación de este evento fue el miedo, los prejuicios y un torpe moralismo. Las normas morales nos indican las pautas de conducta que debemos seguir y están regidas por la sociedad; acatamos esas normas, ya sea por obediencia o convicción, por la necesidad de pertenecer y participar de los beneficios de una sociedad determinada. Si bien, es indispensable que cualquier comunidad delimite las fronteras de lo que es correcto e incorrecto, también hay que reconocer que el arte siempre ha fungido la labor de cuestionador de esos límites. ¿No acaso esa fue la razón por la que Platón sostenía que a los artistas había que expulsarlos de su República ideal?

La discusión de la relación entre lo moralmente bueno y lo estéticamente valioso ha dado pie a largas disertaciones que no pretendo analizar ahora, lo que es necesario reconocer es que si permitimos que las normatividades morales rijan los contenidos del arte, estamos a un paso de perder lo más valioso del arte, que es la libertad de expresión.

En ningún caso debemos aceptar que una obra sea cuestionada en su calidad artística debido a su calidad moral. Aún la obra más perversa, puede ser una obra maestra. Si el arte deja de ser transgresor entonces tendremos que irnos acostumbrando a que los museos se llenarán de cuadros de payasitos enlagrimados y florecitas primaverales o acabaremos como los islamitas radicales destruyendo obras de arte que tienen 2000 años de antigüedad, porque atentan en contra de una creencia religiosa de unos cuantos.

Por ello termino pidiendo (casi a manera de súplica) que los artistas sigan siendo atrevidos, cuestionadores y siempre por favor, un poquito inmorales.


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Mariana David (Coord.), Semefo 1990 - 1999. De la morgue al museo. México, Universidad Autónoma Metropolitana, El Palacio Negro, La Colección Jumex, Fonca-Conaculta, 2011, 399 pp.
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Fotografías tomadas del sitio del artista:
1. Hermann Nitsch, Last Supper.
2. Hermann Nitsch, Entombment.
3. Hermann Nitsch, Untitled.
4. Hermann Nitsch, Untitled.

Comentarios

    • Elena escribió:

      Estoy de acuerdo en que debemos pensar mejor nuestras opiniones antes de protestar, pero sigo pensando en que maltratar animales no tiene nada que ver con el arte.

    • Kaput escribió:

      Vaya!!! hasta que alguien dice las cosas como son.

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Fecha de publicación: Febrero, 26, 2015