Arte, Religión y Diferencia
Cultural
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El
mundo global es también, paradójicamente,
el mundo de la diferencia. La eclosión tercermundista
que siguió a los procesos de descolonización
tras la Segunda Guerra Mundial fracasó en casi
todos los terrenos, pero la multiplicidad en la cultura
se ha expandido a caballo del potro de Atila de la "occidentalización"
global. El devenir de la cultura se trenza en buena medida
hoy día en las tensiones entre pluralismo y homogeneización.
Incluso, la estrategia del poder en la actualidad no suele
consistir en reprimir u homogeneizar la diversidad, sino
en controlarla.
Elementos aborígenes y de origen africano han sido
empleados a menudo por el arte de América Latina
como pasaportes para expresar su originalidad frente a
un Occidente visto a la vez en términos de pertenencia
y oposición. |
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Las neurosis nacionalistas y de identidad
del Continente han inclinado a las sociedades criollas a representar
las nuevas culturas nacionales proclamando componentes prehispánicos
y atributos provenientes de grupos de origen no occidental que,
paradójicamente, han sido marginados del proyecto nacional.
Tal operación se ha hecho sobre todo mediante componentes
formales y temáticos, que actúan con frecuencia
en un plano más bien superficial e incluso retórico.
Es menos usual que acervos de raíz afro o indoamericana
constituyan la estructura misma de una obra. De ahÌ la
importancia del cambio de orientación apuntado en artistas
que parten de sistemas de pensamiento no occidentales para hacer
obras muy complejas, pluridiscursivas, que en algunos casos
constituyen una presencia activa de lo afro e indoamericano
en la construcción de arte internacional contemporáneo.
La obra de Ana Mendieta (1948-1985) ha despertado
una nueva atención internacional debido a la retrospectiva
curada por Gloria Moure para el Centro Gallego de Arte Contemporáneo,
que ha viajado por varios paÌses y se ha presentado por
primera vez en América Latina en el Museo Tamayo, en
la Ciudad de México. La muestra ha sacado a la luz los
performances tempranos realizados por la artista en Iowa entre
1972-1974, a los que ella misma no daba mucha importancia. Estas
obras, que en su mayorÌa sólo quedaron registradas
en diapositivas, presentaban un juego con la identidad personal
y unas mutaciones del cuerpo que, aunque obviamente inspiradas
en los performances de Bruce Nauman, Vito Acconci y Carolee
Schneemann, poseían una rispidez y un carácter
propios. Sin ser conocidos en su época, anticiparon el
posterior afianzamiento de aquela tendencia con el trabajo de
artistas como Cindy Sherman, Lorna Simpson, Kiki Smith y Janine
Antoni. Otros de sus performances de entonces usaban sangre
y representaban de un modo realista escenas de violencia.
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Ana Mendieta |

Ana Mendieta
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La activación polisémica de la sangre (como signo
de violencia física pero también como elemento místico
y vitalista) y el empleo directo del cuerpo condujeron a su serie
de las Siluetas y a la obra posterior, por la cual era conocida
la artista cubano-americana. Sobre esta parte de su trabajo quiero
bosquejar algunas cuestiones de Ìndole cultural y acerca
de la sÌntesis entre arte y religión que, en mi
criterio, constituyen el aspecto más significativo de su
trabajo.
Mendieta realizó varias visitas a Cuba a inicios de los
80, estableciendo vÌnculos muy estrechos con los jóvenes
artistas que renovaron la cultura cubana en aquellos años.
Tuvo especial interacción con José Bedia, Ricardo
Brey y Juan Francisco Elso, quienes comenzaban a trabajar en la
dirección a la que me refer al inicio. El trabajo de Ana,
aunque procedente del nuevo performance y el arte feminista de
los 70, se fundamentaba en la misma perspectiva de aquellos jóvenes,
al introducir elementos de religiosidad afrocubana. Ella, cuya
obra ya estaba claramente definida, ejerció influencia
artística sobre ellos, y a la vez recibió una fuerte
influencia cultural. |
Pero el sentido de su trabajo se hermana sobre todo con artistas
como Elso (también desaparecido en edad temprana) o la
mexicana Paula Santiago, quienes practican un ritualismo a la
vez real y simbólico. No es que en ellos el arte vuelva
a desempeñar funciones ancilares de la religión,
sino lo opuesto: apropian creencias y prácticas religiosas
para fines artÌsticos. En otras palabras, estos artistas
producen obras que siguen su función tradicional de objetos
de comunicación estético-simbólica para exhibir
y coleccionar. Pero, a la vez, el arte resulta para ellos un instrumento
místico real fuertemente ligado a sus vidas personales.
Por supuesto, de hecho ellos hibridan el arte hacia la religiosidad
popular.
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Aquél fue para Ana un rito compensatorio de su escisión
personal, una solución imaginaria a su ansia imposible
de afirmación mediante la simbolización del regreso,
simultaneamente en términos culturales, sicológicos
y sociales. Como es sabido, la artista sintió siempre una
escisión como consecuencia del exilio. Ella mitificó
las religiones afrocubanas y, en general, sus conocimientos librescos
de las culturas prehispánicas de México y Las Antillas
hacia una operatividad artística y personal. Gran parte
de su obra consiste en un acto único: fundirse con el medio
natural. Lo describió asÌ: "Me he lanzado dentro
de los elementos mismos que me produjeron, usando la tierra como
mi lienzo y mi alma como mis herramientas". La obsesiva repetición
de este gesto posee un fuerte sentido ceremonial. Más allá,
es un rito en sentido estricto, pues su carácter performático
se encuentra cargado de religiosidad, constituye un acto místico
lleno de significados personales. Por un lado, elabora una larga
metáfora del regreso a lo esencial, construída desde
su "sed de ser", como afirmó ella misma. Por
otro, porta una experiencia trascendental, una hierofanía
Ìntima. Verdaderamente, esta obra de Mendieta se encuentra
muy próxima a la operatividad religiosa afrocubana.
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Tal religiosidad viva, inspirada sobre todo en tradiciones de
su cultura de origen, y el sesgo personal, apartan a la artista
de cierto esencialismo ingenuo que puede percibirse en su trabajo
y, sobre todo, en sus declaraciones. A esto contribuyen además
las reverberaciones sociales y culturales provenientes de ser
un discurso diaspórico que busca una afirmación
del inmigrante en su diferencia. Un aspecto m·s que resalta
a Mendieta de otras prácticas de su época es que
ella usa el cuerpo para construir una espiritualidad exaltada,
acometiendo, como ha dicho Michael Duncan, una ¡atrevida
amalgama de cuerpo y espíritu! Sobre estas bases ella produjo
una singular combinación de body art, land art, performance
y fotografÌa.Al partir siempre de su cuerpo, hay en Ana
una modestia que no ha caracterizado a los land artists. Es "una
colaboración entre la artista y la naturaleza", según
ha observado Judith Wilson. La mayor parte de sus "siluetas"
fue hecha en lugares apartados y con carácter efímero.
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Ana Mendieta
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El árbol,1977
Las obras --en su acepción de resultado visible--
revisten menor importancia que sus procesos, debido a que estos
determinan la semiosis y prosiguen después de terminada
la "pieza", en su devenir dentro del medio ambiente.
De ahí el absurdo de reproducir esta piezas dentro del
museo, como se ha hecho en ocasiones.
Las "siluetas" son el testimonio de una liturgia místico-artística,
que en ocasiones alude directamente --en los títulos, en
el empleo de ciertas técnicas o en algunos detalles-- a
ritos afrocubanos. El papel de la foto parece limitado a ser el
vehÌculo para plasmar y comunicar este testimonio. Pero
en realidad la foto posee una importancia crucial, porque, adem·s
de ser el fruto exhibible, el trabajo implica la fotografÌa
desde la fase de proyecto. Las ceremonias místicas de Mendieta,
hasta cierto punto, fueron posadas para la cámara. Tienen
que ver con la mentalidad del snapshot. Todos estos aspectos indican
una mezcla de procedimientos, pero también de poéticas
y perspectivas culturales que se vincula con lo que Luis Camnitzer
ha llamado arte Spanglish.
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Ana Mendieta |

Ana Mendieta
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Ana se usó a sí misma como
una metáfora. Y hasta su muerte trágica pareció
completar el ciclo -con una lógica escalofriante- en una útlima
obra. Como signo de la utopía e imposibilidad de su proyecto,
la silueta final quedó sobre el cemento de Nueva York, volviendo
a los primeros performances de Mendieta con la muerte y la sangre.
En Cuba se ha comentado que el arte de ella y de Elso avanzaba demasiado
hacia lo ritual, y al insistir en una entrega ceremonial del cuerpo,
podría estar relacionado con la muerte temprana de ambos artistas.
Podría decirse que el posmodernismo trajo una apertura hacia
lo vernáculo y la alteridad, y que una artista como Mendieta
integró la orientación posmoderna "internacional".
Pero en ella ocurre una real interconexión de sentido, mientras
el posmodernismo más bien ha intercambiado significantes y
técnicas entre los planos "culto", popular, masmediático,
etc., que conservan sus propios discursos y circuitos. En Mendieta
no se trata de lo "primitivo" o lo vernáculo en lo
"culto" y lo "internacional", sino haciéndolos.
Ocurre un cambio de perspectiva que tensa la categoría "posmoderno".
Lo crucial en esta perspectiva es la internacionalización y
capacidad de acción contemporánea de cosmovisiones subalternas.
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Es cierto que todo esto sucede en
el "high art" y sus circuitos de élite, no en
el terreno de la cultura popular. Tiene lugar una intervención
de lo popular-no occidental-subalterno-periférico en lo
"culto"-occidental-hegemónico-central, comunicando
los dos costados hacia "arriba", pero no hacia "abajo".
De todos modos, se da un paso hacia
la superación del eurocentrismo en la pr·ctica del
arte. Si bien la globalización por un lado aplana y por
otro facilita el pluralismo, los descentramientos implícitos
permanecen bajo el control de centros que se "autodescentran",
en una estrategia lampedussiana de cambiar para que todo quede
igual. Pero a la vez brindan un flanco crítico aprovechable.
Este pulseo caracteriza la cultura actual como campo de tensiones
post-guerra fría. El debate etnocultural ha devenido espacio
de luchas de poder, tanto en lo simbólico como en lo social.
Aquellas se empeñan entre la asimilación, el tokenismo,
la rearticulación de las hegemonías, la afirmación
de la diferencia y la crítica al poder, entre otras tensiones.
Aunque sea más bien como paradigma, Ana Mendieta se proyecta
más allá de la seudodescentralidad posmoderna hacia
un descentramiento real, que puede originar transformaciones desde
una pluralidad actuante.
Gerardo Mosquera es crítico
y curador del "New Museum of Contemporary Art" de Nueva
York. Entre sus publicaciones destaca "Beyond the fantastic.Contemporary
art criticism from Latin America".
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Ana Mendieta |
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