¿Qué
se produce actualmente en las artes visuales de Chiapas?. Mucha
pintura, de calidad discutible en la realización técnica
y en los planteamientos discursivos. Deficiencias endémicas
que se explican por la falta de un sistema profesional docente
en el estado: la Escuela de Artes Plásticas, dependiente
de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, se limita a
talleres libres y diplomados. Esta carencia se ha visto compensada
en los últimos tres años por la organización
de seminarios, talleres, bienales, premios y becas por parte del
Consejo Estatal para la Cultura y las Artes. Los artistas que
han sido favorecidos por este sistema paralelo e improvisado de
perfeccionamiento, han pepenado aquí y allá bibliografías,
temas de reflexión, métodos de conceptualización
y nuevas aptitudes técnicas.
Pero quienes poseen un potencial indudable, que rebasa la mera
inquietud experimental y es susceptible de dar resultados, siguen
siendo pocos. En concreto, son cuatro artistas, de entre 22 y
42 años, que recurrentemente exponen en las colectivas
del Centro Cultural Jaime Sabines de Tuxtla ó, a falta
de espacios comerciales, en eventos efímeros en bares y
en casas de unos y otros. Claudia López Terroso, la más
joven, al igual que los otros, se dedica lo mismo a la pintura
abstracta, la escultura en madera, la instalación y el
performance. En cualquiera de estas expresiones, articula una
idea rectora: las emociones, traducidas en construcciones que
juegan con lo compacto, lo amovible, las ataduras y los desprendimientos.
Ignacio Chincoya, de 26 años, desarrolla en su pintura
neoconceptual abecedarios que al retomar elementos de la infancia
y proyectarlos con ironía, evidencian una exploración
de la poética del objeto por medio de la nostalgia y de
la rabia de haber crecido. Hugo Huitzilopchtli Marín, de
26 años, es quizás el más maduro entre los
integrantes de esta nueva camada. De extracción post-punk,
le fascina la relación cotidiana que tiene su propia generación
con la publicidad y con cualquier objeto consumible, llámese
cómic, arte contemporáneo, música o video
porno. Sus proyectos abarcan desde la revista-objeto Reciclomic,
elaborada por despachos de diseñadores y ensamblada por
él, hasta la fabricación de fragmentos de meteoritos,
pasando por su pintura, muy interesante, en la que las figuras
abocetadas de cajas de detergentes o de tocadiscos combaten con
graffittis sobre fondos de colores estridentes.
Lucía Ovilla (1958) tiene más años de talacha
en su haber, lo cual se percibe en la solución técnica
de su pintura e instalaciones. Emplea hielo, humo, fuego, periódicos,
cristales, jaulas, sillas, para desarrollar una reflexión
sobre la memoria colectiva e individual, que en algunos momentos
logra un comentario lúcido y muy crítico acerca
de la realidad del artista contemporáneo chiapaneco. Este
grupito de artistas produce endemoniadamente. Ahora les falta
buscar vías de difusión fuera de Chiapas: participar
en concursos a nivel nacional, relacionarse con los espacios de
arte contemporáneo en el D.F., Monterrey, Guadalajara y
Tijuana, solicitar becas del gobierno federal... Sólo así
su obra podrá enriquecerse y alcanzar la proyección
que, sin duda, se merece.