María tuvo una intensa relación con Japón. Durante sus largas estancias logró dominar el idioma nipón, conoció profundamente su cultura, y participó en circuitos de prestigio del exclusivo mundo del arte japonés.
Las técnicas y artes tradicionales del Oriente aparecen en su trabajo, pero su interés principal no son los aspectos prácticos y técnicos de la obra sino la manera en la que las disciplinas y géneros rebasan la comprensión de la práctica artística como un evento autónomo y aislado.
Los culturas milenarias orientales poseen una comprensión estética más extensa que la del arte occidental porque equiparan a las artesanías con las llamadas bellas artes y porque incorporan prácticas cotidianas y rituales culturales, extendiendo su trascendencia sobre cualquier esfera de la actividad y el pensamiento que signifique al hombre.
Dentro de esa noción expandida debe entenderse la fascinación que ejerció sobre ella la ceremonia japonesa del té [2], quien atraída por sus dimensiones vivencial, gnoseológica y estética, se dedicó a su práctica y estudio desde 1993.
María se vinculó a la Escuela Urasenke atribuida al Sen Rikyu (1522-1591), quien estableció el ritual del té basándose en la práctica de la clase Samurai e incorporando algunos elementos de las ceremonias cristianas, resultado de la convivencia e intercambio cultural con los misioneros católicos que llegaron al Japón durante el siglo XVI. |