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maría Serrano

Aurora Noreña

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El inevitable diálogo con Oriente:
Obra de María Serrano(1961- 2010)

Kiku saho mamori tsukushite yaburu to mo hanaruru to te mo moto o wasuruna.
Observe the standards and rules of form to the limit, and though you may break them or depart from them, never forget the principles.
Rikyu-sama [1]

La mejor manera de recordar a María Serrano es hacer un recorrido crítico de sus treinta años de trayectoria, reconocer sus afiliaciones artísticas y revelar  los originales rasgos de su práctica artística, que le merecieron un lugar particular en la plástica mexicana.

Con las numerosas exposiciones que realizó, y los reconocimientos que obtuvo y la innegable calidad de su producción escultórica, es justo que la obra de María Serrano sea reconocida en el país  que la vio nacer como mujer y artista.

Si su presencia fue intermitente y no alcanzo la difusión debida,   las oscilaciones de su trabajo entre las llamadas bellas artes y  artes aplicadas,  los continuos cambios de residencia (vivió en España, Estados Unidos, y Japón, en repetidas ocasiones), y una producción tan exquisita como limitada,  que no salió del ámbito de lo privado, avalan con creses el tamaño de su legado plástico.  María Serrano fue una mujer que unió dos mundos, dos culturas, dos ramas de lo visual.

María Serrano

María tuvo una intensa relación con  Japón. Durante sus largas estancias logró dominar el idioma nipón, conoció profundamente su cultura, y participó en circuitos de prestigio del exclusivo mundo del arte japonés.

Las técnicas y artes tradicionales del Oriente aparecen en su trabajo, pero su interés principal no son los aspectos prácticos y técnicos de la obra  sino la manera en la que las disciplinas y géneros  rebasan la comprensión de la práctica artística como un evento autónomo y aislado.

Los culturas milenarias orientales poseen una comprensión estética más extensa que la del arte occidental porque equiparan a las artesanías con las llamadas bellas artes y porque incorporan prácticas cotidianas y rituales culturales, extendiendo  su  trascendencia sobre cualquier esfera de la actividad y el pensamiento que signifique al hombre.

Dentro de esa noción expandida debe entenderse  la fascinación que ejerció sobre ella la ceremonia japonesa del té [2], quien atraída por sus dimensiones vivencial, gnoseológica y estética, se dedicó a su práctica y estudio desde 1993.

María se vinculó a la Escuela Urasenke atribuida al Sen Rikyu (1522-1591), quien estableció el ritual  del té basándose en la práctica de la clase Samurai e incorporando algunos elementos de las ceremonias cristianas, resultado de la convivencia e intercambio cultural con los misioneros católicos que llegaron al Japón durante el siglo XVI.

Como lo explica Sen Genshitsu, Iemoto de dicha escuela,[3] la palabra para definir los encuentros donde se comparte el té verde es Chado, y su significado es 'Camino del té', más que ceremonia del té, por constituirse como un proceso de aprendizaje en la búsqueda de cierta verdad.

El 'camino del té', que es ichigo ichie (un tiempo, una oportunidad), implica un sentido estético de purificación donde se involucran los sentimientos de consideración y respeto al prójimo y la recíproca gratitud para devenir uno.

El estado de gracia  se forja tanto a partir de la noción de belleza imperfecta, es decir la comprensión de la deficiencia intrínseca del ceremonial que exige la búsqueda interminable de perfeccionamiento, como del principio de mu (vacio/nada), que implica vaciar mente y corazón para centrarse en el aquí y el ahora del simple hecho de compartir un cuenco de té.

María Serrano
María Serrano: Solsticio
María Serrano
María Serrano: Discurso
María Serrano
María Serrano: En busca del norte perdido

El acercamiento y futuro enamoramiento de María con la cultura japonesa se dieron a partir de un primer viaje de dos meses al Japón en 1984 y de su posterior residencia de cinco años en Tokio a donde se mudó en 1991.

Aunque en México había maestros japoneses en las escuelas de formación artística, fue poco el contacto que María tuvo con ellos durante su etapa de estudiante [4].

La participación en reuniones para compartir el té es parte de la tradición japonesa que durante siglos se ha conformado y conservado bajo diversas escuelas.
Aunque existen diversos tipos de ceremonias (temae: en presencia de un sólo invitado; kencha: té dedicado a dioses shintoistas;  koicha: cuando todos toman del mismo tazo; yobanashi, reuniones de té en la tarde, etc.), son elementos insustituibles: el anfitrión, los invitados, el recinto o cuarto-tatami, la parafernalia e incluso el contexto natural exterior que se filtra al interior por vanos hechos ex-profeso para ello.
El espíritu del té conlleva cuatro conceptos: wa, kei, sei y jaku, que de manera sintética significan en el mismo orden: paz y armonía, respeto, pureza (devenir purificado) y tranquilidad/sutileza.

Cuando el célebre escultor Kiyoto Ota fue su tutor de la beca que le otorgó el  FONCA en 1996, María regresaba  del Japón,  hablaba japonés y tenía una directriz artística bien definida. La huella de las filosofías y prácticas del lejano oriente se hicieron  presentes ta