Del silencio del arte y el grito político

Del silencio del arte y el grito políticoEn el patio de la escuela de arte La Esmeralda

José Manuel Springer

Del silencio del arte y el grito políticoEn alguna ocasión escuché decir que el silencio es lo que el vacío al espacio. No podría estar de acuerdo con esa afirmación.  El silencio en la era en que vivimos no existe, pero podría decir que el espacio está ahí y aquí, entre mis ojos y la pantalla. Mientras escribo, escucho el mundo acontecer: marchas  de estudiantes que rugen a lo lejos se confunden entre los sonidos del tráfico. Si pongo más atención logro escuchar algunas voces de jóvenes alrededor y los gritos de las proclamas que provienen de un altavoz.

El ruido es la evidencia de la existencia. Pero la ausencia hace visible al vacío.  “¿Decir y callarse son al sonido lo que mostrar y esconder son a la visibilidad?”, se pregunta Paul Virilio, y añade una pregunta fundamental para nuestra era y para la política de hoy día: “Qué proceso del sentido se disimula entonces detrás del proceso del sonido?”[1]

 Olvidemos por un momento al arte sonoro. Escuchemos el ruido de la política, de  esa política de partidos empeñada en la lucha por ganar el poder y por mantenerlo.   En estos meses se lleva a cabo una campaña política que ha llenado el ambiente con sus proclamas, en nuestros canales auditivo y  visual.  Junto a ese entramado de declaraciones y ofertas políticas, promesas de campaña y denuncias, que  invaden el silencio al que tenemos derecho, está también el mutismo de las mayorías, de aquellos cuyas historias son silenciadas por el rumor nocturno de los noticieros en los medios de comunicación.

Del silencio del arte y el grito políticoAhora contrastemos el rumor de la política con el silencio de lo político, esto que nos concierne porque somos seres políticos que vivimos en sociedad en la “polis”.  ¿Podemos interpretar esa silencio impuesto  como aquel  de los que callan porque otorgan?  Me parece que no.  Ese silencio cómplice de las masas es el vacío en el que hoy se escucha al sonido de la cólera de las protestas estudiantiles. Los jóvenes han roto el silencio con una campaña  para presentar sus demandas. Entre otras, la  de poner fin del ruido de la política,  producto del contubernio entre los monopolios de la comunicación de masas y la agenda de las instituciones políticas (los partidos, principalmente), que han secuestrado nuestro derecho al ejercicio de lo político.

Volvamos a las voces del arte. Con frecuencia se desprecia al arte contemporáneo por su falta de compromiso con otra cosa que no sea el arte mismo.  El desprecio proviene de amplios sectores de la sociedad.  Armado con diferentes medios y disciplinas,  el arte visual  llega a cuestionar hasta la rama en que está parado, y es frecuente que el artista visual se sienta complacido cuando su obra resulta inclasificable. Parecería que el gran público con su desprecio por los museos y el mutismo que lo invade ante la obra de arte,  le da la razón a los artistas. El arte es otro discurso que ha perdido su capacidad de decir, que ha callado, y con ello se sumó al ruido de la era del espectáculo.  El arte de hoy no es lo que  John Berger había señalado hace tres décadas, una forma de enjuiciar que separaría a los justos de los déspotas. Pero, para nuestra desgracia, el arte visual ya no parece darnos las herramientas para  encontrar los valores trascendentes de lo que es tan solo el ruido de la mercadotecnia capitalista.

Se han ido los tiempos en que el arte proponía un futuro mejor, las épocas que nos llevó a un pasado de contemplación silenciosa  a la revolución de las formas y los contenidos. El accidente estético en que se ha metido el arte  ha provocado una debacle ética que provoca polémica sobre su sentido político. 

Del silencio del arte y el grito políticoEs en ese procedimiento de silencio que denuncia la eficiencia de los medios audiovisuales para generar el mutismo de las mayorías,  Paul Virilio nos sitúa, con argumentos rotundos, quizá demasiado controversiales, ante la vorágine de los medios, cabría preguntarse ¿no es tiempo de romper con el silencio de los corderos, aunque con esto también traiga la denuncia del arte audiovisual?

Extraña resulta esa situación de pérdida del silencio en la que de una doble manera hemos resultado víctimas voluntarias. Por un lado, porque la potencia del arte visual se basaba en el predominio de la vista como canal interpretativo. La reproducción instantánea de las cámaras telefónicas que registran y envían el documento pancromático,  convierten al arte  en algo virtual y  perecedero. Hoy que la fidelidad de la imagen ha llegado a popularizarse, paradójicamente ha perdido todo su impacto. Las imágenes del arte se han degenerado porque  han sido incorporado al ruido ambiental.  Desde que se inventó el multimedia, todo lo que se procura por el canal de la vista ha pasado a ser sonoramente incorrecto.   Por otro lado, a través del engaño de  los medios de comunicación de masas, en los que  las masas no participan, se ha creado una cacofonía de ruidos y de simulaciones visuales, que impiden  ver y escuchar lo que dice la persona de al lado. El joven que gritaba en los 60 se ha convertido en un escucha que se ensordece con sus audífonos, que lo aíslan de la sonoridad de su entorno. Ya no dice y ya no escucha.

Mientras tanto, en paralelo, las salas de estar en los lugares de espera y los espacios de convivencia, se llenan de imágenes audiovisuales.  El sonido eterno, siempre presente en su ubiciuidad, sirve de pátina a la existencia de la sociedad de la sordera.

Del silencio del arte y el grito políticoEl predominio de los dispositivos audiovisuales a los que se refiere  Virilio olbiga a  revisar estéticamente el momento en que la humanidad dejó de percibir la imagen separada del sonido. El momento en que el cine dejó de ser una vivencia para sordos y se convirtió en un espectáculo de mudos!  Algo cambió para las artes visuales ahí: la idea de la perdurabilidad  de la vivencia representada, y que se ha ido complicando con la a parición de tecnologías cada vez más intrusivas y monopolios audiovisuales.  Hemos llegado  al extremo actual en el que el público fotografía y graba su imagen antes de siquiera reflexionar sobre lo qué está haciendo.

Desde que  en los años 30  del siglo pasado la imagen y el sonido comenzaron a interactuar juntos, se produjo un cambio en  la estética de la imagen y del sonido, similar a la que provocara 60 años después la aparición del primer canal de videos musicales MTV (Televisión Musical).  La afición por escuchar la radio, el oficio de ver la imagen por separado cedieron a la tentación de ver el sonido y escuchar la imagen.  Transmutación que de inmediato cooptaron las elites para usufructuarlas en campañas proselitistas fascistas o para manipular la realidad a través de  la televisión.

En la era audiovisual el público consiente cada vez más de lo que percibe. No imagina, carce de la oportunidad  para complementar con su experiencia lo que el medio le impone.  El poder del régimen político audiovisual deviene  de la recepción pasiva de su público.  El efecto realista de los medios provoca la desaparición de la realidad.

Del silencio del arte y el grito políticoEn la política de los medios de pseudocomunicación  el  silencio que complace es el de la abstención, porque éste resulta más condescendiente, menos disidente .  En la era de la televisión modulada por la señal de cable, que propone el acceso a un espectáculo de 24 horas sin limite,   los medios de comunicación se convierten en un fin en sí mismos.  La la cotidianeidad controlada por las cámaras y micrófonos se torna en espectáculo, como si se tratara de un escenario dispuesto y abierto a la inspección mediática que busca que nada se escape al régimen obsesivo de la mirada y de la audición.

Las escuchas telefónicas, el micrófono abierto, la cámara sorda que nos vigila en la calle, en el supermercado, en el cajero, son la continuación de ese panóptico arquitectónico moderno que pretendía vigilar el comportamiento desde cualquier ángulo. Hoy la arquitectura, la más sólida y visual de las artes,  se convierte en un espectáculo audiovisual,  impregnado de estímulos que adornan su falta de programa o contenido.  “Se ha suprimido la integridad del silencio de la vista”, señala Virilio, “...Víctima del procedimiento del silencio, el arte contemporáneo ha intentado durante mucho tiempo discrepar, dicho de otro modo, practicar la diversión conceptual, antes de decidirse a converger”.  Triste asunto el que el arte pase de lo visible  a la exégesis texto para poder comunicar algo a su público.   Pero, ¿es qué acaso no había otra formar de escapar a la di-versión, a  esa  separación entre el pensamiento y el acto? 

Del silencio del arte y el grito políticoNos hemos tomado muy a pecho la declaración de Duchamp sobre el arte retineano, aquella que llevó a los artistas a buscar a contrapelo  la abstracción y la conceptualización de lo visual para producir un arte en silencio.  No obstante, Warhol , que  reinterpretó el ready made publicitario, y sus epígonos actuales, Murakami y Jeff Koons,  han sido asimilados al sonido de una caja registradora del supermercado del arte.  ¿Cómo considerar el silencio de Beuys (quién dijo que el silencio de Duchamp estaba sobrevalorado) que impuso el silencio del arte a la era del ruido con sus fieltros aislantes? ¿Podríamos volver al silencio de lo visual sólo para converger con lo social? 

En la era en que vivimos, para  devolver el silencio, que no su afonía,  a las artes visuales habría que volver a la percepción unisensorial, la del sonido en sí y la imagen por sí misma.  Hay que desmantelar la simulación que cotidianamente nos ofrecen los medios de comunicación.

Del silencio del arte y el grito políticoEs en el terreno audiovisual donde la política electoral simula  la aparente disputa por el poder. La tiranía de la  di-versión es la base sobre la que opera  la propaganda política, por ello se discute sobre la forma y el tiempo de la presencia teleinformatica de los candidatos, pero no sus conceptos . Percibimos lo que nos permiten nuestros sentidos y también lo que el canal de comunicación implica: la validación de su extensión comunicativa (¡300 mil espectadores no pueden estar equivocados! Se nos ha hecho creer). Sospechamos de la política porque su creación de personajes y de rutinas se parece tanto a la de una representación de otra  telenovela, con personajes mediáticos por los monopolios  de la manipulación.   Para ejercer el poder hay que con-vencer a la mirada, y para vencer al pensamiento hay que disolver a la individualidad en la masa, haciéndolo sentir que se ha perdido de algo, que no está  participando en lo que mueve  a las masas: el sistema audiovisual de divertimiento, que hoy nos hace creer que la inter-actividad se ejerce desde una posición sedentaria frente a la computadora.

Paradójicamente el mismo fenómeno de la seducción audiovisual se apresta a rebelarse contra el totalitarismo teleinformático. Hoy,  son los jóvenes, que crecieron educados por  del doble canal audiovisual,  quienes se deslindan de la política  audiovisual y de sus títeres. Utilizan los medios que tienen literalmente en sus manos, el teléfono o el Ipad,  la red social y el mensaje de texto breve, para organizar la protesta y hacer presentes sus voces, que fueron sujetas al procedimiento del silencio y de la manipulación. Ese proceso, dicen ellos, ya  no se puede mantener para siempre y en todas partes. La estandarización del pensamiento que siguió al silencio uniformado como comunicación de masas, cede, sin que puedan detentar todo el control sus  artífices.

Si bien esta nueva  forma de uso de la  percepción/transmisión todavía no traspasa los límites del arte, y a pesar de que  la política sigue arrollando las voluntades de las mayorías, hay que agradecer  este saludable respiro, porque hoy el silencio impuesto se ha roto. Bienvenido el sonido de las voces que cuestionan, para que podamos oírlas por encima de ruido de los poderes fácticos.

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[1] Virilio, Paul. El Procedimiento silencio. Bs. As. 2003, Ed. Paidós.

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Fecha de publicación: 02.06.2012