
Teresa Margolles, A través...Gabriela Galindo
Sobra decir que en la obra de Teresa Margolles encontraremos una constante búsqueda hacia la reflexión sobre el tema de la violencia, utilizando los restos encontrados en escenas de crímenes violentos; recuperando cuerpos de víctimas abandonadas en la morgue que han quedado a expensas de ser enterrados en fosas comunes o, en el mejor de los casos, para ser utilizados en la ciencia o la educación. Nadie reclamó esos cuerpos o la familia no tuvo los recursos para costear un funeral digno; y por ende serán desechados como la peor escoria de la sociedad. Sabemos también que el atrevimiento de Margolles alcanza límites que efectivamente, nos llega a poner los pelos de punta, como en el 2000 cuando le pide a la madre de un joven asesinado que, a cambio de pagar el funeral de su hijo, le otorgue un fragmento del cuerpo del muchacho para usarlo a manera de readymade en una instalación que titularía Lengua, solicitando específicamente un pedazo de la lengua del muchacho, lugar donde portaba un notorio piercing. El objetivo de Margolles es posiblemente un intento de reconciliación con la memoria, a través de la muerte, pero de forma abrupta y hasta abyecta; la denuncia sobre la violencia la hace a través de fragmentos de cuerpos y fluidos corporales que literalmente utiliza para impregnar el espacio de exhibición de ‘elementos de lo muerto’: “Margolles exponía los afectos y el cuerpo del espectador a obras-sustancia que, profanaban la distancia de la apreciación estética para amenazar con infundirse en la carne, respiración y el torrente sanguíneo de su receptor.”[1] La artista hace patente que su intención es mostrar que el contacto con la materia viva, con los residuos del ser y la “periferia” del cuerpo, buscan un acercamiento con el cuerpo que desaparece/permanece, por efecto de una manipulación intencionada.
Sin embargo, en su más reciente instalación A través... va a surcar un camino con mucho más sutileza, tanto, que la pieza es casi imperceptible. Margolles nos presenta un pieza que nos lleva a la reflexión sobre la carencia de alternativas de trabajo que existe en nuestro país, lo que ha llevado a más de una veintena de miles de jóvenes a ser reclutados por los narcos y el crimen organizado y alrededor de un tercio de los asesinatos producto de la guerra contra el crimen han sido de jóvenes menores de 25 años. La obra comenzó cuando Teresa repartió 150 camisetas a jóvenes para ser usadas el mayor tiempo posible en sus actividades cotidianas. El sudor, la grasa y cochambre de sus oficios de obreros, albañiles, mecánicos y carniceros, quedaron impregnados en las telas, que posteriormente utilizó para “barnizar” los vidrios de una de las salas de Museo de Arte Contemporáneo de la Ciudad de México. En palabras de la artista: “la idea fue formar una especie de piel de todos ustedes, como una resistencia.” Paradójicamente, la sala vacía está llena de energía de vida, pero al mismo tiempo muestra la ausencia de todos esos chicos muertos que no lograron encontrar otra salida. La pieza cerró con un performance que se llevó a cabo en la misma sala del museo, a la que acudieron alrededor de 30 muchachos provenientes de la Preparatoria Nº 1 que, además de estar en la zona de Iztapalapa, una área de gran pobreza de la ciudad, la escuela está dentro de lo que fue la antigua cárcel de mujeres y conserva la estructura exacta de la cárcel: las celdas son las aulas, el patio, las torretas de vigilancia... y como dijo Teresa: “conserva las vibras de todo lo que pasó ahí.”
Margolles comentó: “Yo les pregunté que qué querían hacer y ellos me dijeron queremos gritar.” Aunque no es la primera vez que un artista usa el grito como muestra de resistencia, furia, impotencia o enojo, esta vez fueron los jóvenes los que gritaron, porque ellos querían gritar, porque nadie los deja gritar y nos vinieron a gritar enfrente para ver si así nos damos cuenta.
Es imposible saber si estas acciones podrían llegar a reinventar la cultura y las contradicciones coexistentes en una situación de extrema precariedad socioeconómica y política, y una presión de competencia brutal creada por los centros de poder. Sin embargo hay que recordar que el arte no es la realidad, es la apariencia de una verdad, pero que funciona como un testigo virtual de un mundo que puede ser tan violento que no resistimos verlo en directo. El éxito del arte depende, no de la demostración de hechos, sino del poder de expresión de verdades históricas a través de representaciones estéticas. El filósofo americano John Dewey tenía razón al decir que el arte debe estar enlazado a la experiencia cotidiana si no, carece de sentido. Ciertamente el arte, a través de la historia, ha fungido su papel revelador con airosos aciertos y sí, también rotundos fracasos. Recordemos la famosa referencia de Arnold Hauser[3] que sostuvo que las obras de arte son provocaciones con las cuales polemizamos aún cuando no podamos explicarlas. Las interpretamos de acuerdo con nuestras propias finalidades y aspiraciones y les trasladamos un sentido cuyo origen está en nuestras formas de vida y hábitos mentales. El arte es considerado justamente como la capacidad de expresar lo inexpresable, de decir lo que no puede ser dicho. De ahí que el arte funcione como ese único espacio donde es posible acercarse a las verdades más bellas, tanto como a las más desgarradoras y terroríficas siempre de manera correlacionada con un despliegue del placer. En términos de Adorno estamos hablando de la transfiguración del horror hacia un principio estético de estilización. Adorno ve en el arte la presencia inmanente de la historia del sufrimiento y por ende, las obras genuinas representan el estremecimiento del horror más extremo. Basta recordar el comienzo de su complejo ensayo sobre Estética con la contundente frase: “Ha llegado a ser obvio que ya no es obvio nada que tenga que ver con el arte, ni él mismo, ni su relación con el todo, ni siquiera su derecho a la vida.”[4]
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